Los nuevos comienzos suelen traen consigo una mix de emociones; alegría, nervios, incertidumbre, miedos y sin duda muchas preguntas, muuuuchas, que en ocasiones nos roban la energía del presente y nos llevan a estar preocupándonos por adelantado.
Ahora mismo me encuentro en ese limbo entre emprender un proyecto o dejarlo atorado en el cajón de los sueños quién sabe cuantos años más. Es un proyecto que me emociona mucho, que lo pienso y se me acelera el corazón, me vuela la cabeza de imaginarlo y verlo materializado pero al mismo tiempo cuando pienso en bajarlo al papel, a la realidad, me entra un pánico, que me paraliza, que me hace dudar de como arrancar e incluso de hacerlo.
¿Porque será que nos detienen tanto las dudas hacia el futuro?
Podré hacerlo?
Funcionará?
Qué sentido tiene?
Cuál será la mejor forma de hacerlo?
Etcetera, etcetera, etcetera…
Los nuevos comienzos nos retan, nos elevan la vara del nivel en el que veníamos moviéndonos y eso, normalmente, causa mucha incomodidad. Al cerebro humano no le gustan los cambios, pero para algunos de nosotros, nuestra alma, nuestro corazón busca nuevas dosis de alegría, de novedad, de vida y es entonces que nos empujamos a realizar cambios. Desde un cambio de look, nuevas rutas hacia el trabajo hasta un cambio de ciudad, de vida.
Pero también, no todos los nuevos comienzos son una elección, algunas veces la vida nos empuja a algo, para lo que según nosotros no estábamos aún listos. Sin embargo, en mi experiencia, cada vez que han llegado cambios “inesperados”, eran para llevarme a una realidad mejor, tal vez no de manera inmediata pero tarde que temprano, el regalo que trae consigo el cambio se manifiesta.
Por elección o no, los nuevos comienzos traen consigo un periodo de adaptación y de integración. A veces, cuando hacemos cambios, pensamos que será de día para otro, que vasta con entender que algo terminó para seguir adelante, y ya. Pero una cosa es saberlo y otra sentirlo, integrarlo a tu sistema emocional. Alguna vez te ha pasado que dices: yo sé que hacer este cambio es lo mejor para mí, esa situación, esa persona, ese trabajo ya no me conviene, ya no me suma, es tiempo de dejarlo atrás y comenzar de nuevo. Peeeeero no lo puedo dejar, siento que algo me jala hacia el pasado una y otra vez, y no entiendo porque aunque si quiero no puedo. ¿Te ha pasado?
Eso es disonancia. No vasta con saberlo, los humanos somos mucho más complejos y más enriquecidos y los cambios, por pequeños que sean, conllevan su propio proceso.
Observación, paciencia y medición es mi recomendación para atravesar el proceso de manera soft.
Te cuento un poco más como integrar estos pasos en la versión web de la revista.
Acá te dejo mi fórmula para atravesar mis procesos de adaptación ante el cambio:
OBSERVACIÓN
Mientras estamos tratando de habituarnos al nuevo entorno que nos rodea, es natural que se presenten situaciones que nos ponen muy incomodos; un idioma que no dominamos, nuevos caminos o rutas para realizar las actividades necesarias, un clima distinto al que estamos acostumbrados, personas que nos son totales desconocidos, en fin, son muchos los factores que en suma, pueden resultar agobiantes, lo sé, pero si te clavas preguntándote porque a ti, podrías caer en una espiral descendente hacia una actitud de víctima.
Una lloradita y a seguirle. Te invito a que lo hagas no desde el ya ni modo y me aguanto, sino desde la curiosidad y el asombro.
¿Qué tal que en vez de preguntarte porqué, te preguntas para qué? El cambio del lenguaje es una sola palabra, pero la apertura de perspectiva que puede darte ese pequeño cambio es enorme.
Salte de la ecuación por un momento, observa la realidad que estas viviendo sin juicio, sin definir algo como bueno o malo. Si te das cuenta que estas cayendo en el papel de víctima, salte por un momento de esa realidad y conviértete en el observador de lo que esta pasando. Deja de pensar que te esta pasando a ti, las cosas pasas, la vida pasa y no pasa nada.
PACIENCIA
Los cambios traen consigo muchas nuevas cosas y con ello muchas nuevas primeras veces.
Un divorcio, un nuevo trabajo, un cambio de ciudad, un emprendimiento suele ponernos en un estado de principiantes y de desorientación y esta bien, es lo natural, sé paciente contigo mismo y con el entorno.
Trata de no compararte, es trillado, pero cada camino y cada proceso es único, incluso para ti mismo, no fue igual restaurar tu corazón de la primera vez que se quebró que la segunda, o la tercera o la cuarta, no hablo de que no duela, el dolor es el mismo dolor pero el proceso de sanar es distinto en cada ocasión. Y así con todo, cuando te descubras con ansiedad o sobre exigiéndote estar o sentirte de una forma distinta a la que realmente sientes, trátate con amor, con paciencia, como tratarías a tu persona favorita o a un niño de 5 años. Estás aprendiendo una nueva forma de vivir, una nueva forma de moverte por el mundo, una nueva forma de habitarte.
La recompensa de la paciencia contigo mismo es que termina siendo un bálsamo que sin darte cuenta, acelera tu proceso de adaptación.
MEDICIÓN
Hay muchas formas de medir tu proceso. Te compartiré la mía. Pero primero te cuento la relevancia que tiene que vayamos dejando huella de nuestro proceso.
Llevar un registro de los avances en tu proceso es sacarle el mayor provecho y ventaja a esto, que por elección o circunstancia estas pasando.
Mi forma de hacerlo es a través del journaling. Esta es una práctica de escritura en donde vacío con palabras lo que hay en mi interior, es una especie de diario, hay diversas formas de hacerlo y tan sencillas o extensas como tu desees.
En mi proceso más reciente tome una libreta que me inspirara a escribir y cada noche, antes de irme a la cama, fui anotando lo más relevante de mi día a manera de bullets; las horas de sueño, lo que había comido, los pensamientos o ánimo y el nivel de energía que tuve durante el día, las cosas nuevas que había enfrentado ese día y lo más importante: las cosas lindas que me habían pasado durante el día y los logros que había tenido, y es en estas últimas dos donde quiero hacer hincapié.
En los periodos de adaptación, entre la novedad y la presión de volvernos a sentir “normal”, solemos dejar de estar en el presente. Con facilidad la mente puede volver a la nostalgia del pasado o ir a la esperanza del futuro, deseando estar en cualquier otro lugar menos en el ahora, hacer este ejercicio de medición nos centra en el presente.
Todos los días hay cosas bellas sucediendo a nuestro al rededor pero a veces las dejamos pasar, dando por hecho que así tiene que ser o que eso ya es. Tener una comida rica, escuchar a las aves en tu nuevo hogar, un mensaje bonito de alguien que aprecias, una nueva conexión neuronal a raíz de un podcast que escuchaste, incluso la sonrisa amable de un desconocido, siempre, siempre hay cosas lindas, pero es más fácil que nuestra mente se enfoque en lo que falta, en lo que no hay, en lo que nos agobia.
Cuando nos permitimos ser principiantes, hay muchas nuevas oportunidades de aplaudirte a ti mismo. Y no hablo de ganar premios o aplausos externos, hablo de ir midiendo esos pequeños logros del día a día, que podrían parecer insignificantes a simple vista pero que esos pasitos son la contribución de que llegues hasta el otro lado que deseas; completar una nueva actividad en menor tiempo, aprender una nueva frase en ese nuevo idioma, haberte levantado a hacer ejercicio pese a que un noche anterior lloraste hasta quedarte dormid@, haber por fin, leído 15 minutos de ese libro que tenías empolvado, en fin, los pequeños logros cuentan y cuentan mucho.
La idea de hacer una medición es darle alimento a tu mente de tu avance, de que sí vas hacia adelante, de que si puedes. Dejarlo por escrito es una forma también de ganarle tiempo al tiempo, dicen que lo único seguro que tenemos en la vida es el cambio, si dejas un registro de cómo y qué hiciste, qué te ayudó para atravesar este cambio, tendrás en avanzada una referencia clara de como enfrentar el siguiente cambio, que por elección o no, te toque atravesar.